lunes, 4 de marzo de 2019

EL PODER DE LA TIERRA - CAPÍTULO 6: LA SOLUCIÓN POCO COMÚN


Los del pueblo se estrujaron los sesos para resolver el problema que ponía en peligro sus vidas, aunque yo sabía que lo iban a empeorar.

El antiguo maestro de escuela, un profesor influyente venido a menos, conocía a una persona que le había hablado de gente con poderes que iban por la capital como bienhechores ayudando a la gente de otros poderosos, no tan buenazos.
Pues bien, decía que estos tipos usaban una variedad infinita de habilidades, pero al final siempre era el musculoso el que acababa con la amenaza.

Propuso que se modificaran los tractores del pueblo y se hicieran una especie de escavadoras ariete con las cuales aseguraba que vencerían a la montaña de tierra. Pensaba que eran los “cacharros” instalados el otro día por el Juzgado los que la generaban. Yo sabía que esa montaña tenía vida.

Así lo decidieron y se tiraron todo el fin de semana construyendo  esas “Derribadoras” que iban a salvar al pueblo.
Yo intentaba convencerles de que era absurdo todo eso y que no creía que fueran un peligro las dos personas del Juzgado.
Pero como a toda persona de mi edad, y de edad infantil o adolescente, no se me hizo ni el más mínimo caso.

El domingo después de la misa de la tarde, los dueños de las Derribadoras delante y las gentes del pueblo detrás se acercaron a las tierras misteriosas.
Procedían a entrar cuando la montaña, perdón, la misma Tierra se alzó con la forma de la pasada vez y los conductores de las máquinas alteradas arremetieron contra ella (o él) logrando derribarla, pero no vencerla.
Su forma humana se disolvió estrellándose en el suelo y se pronto se convirtió en una tormenta de arena. El ser pétreo era ahora un torbellino mortal que se metía en la maquinaria e impedía que ésta se moviera. Todo el pueblo empezó a correr de un lado para el otro aterrorizados. El caos se propagó al instante.

El suelo se levantó ante mí y una voz tranquilizadora me dijo que calmara a las gentes.
Fui alzado muy alto y, gritando, les conté a todos por qué estaba el nuevo Juzgado aquí y lo que estaban haciendo.
Entonces pedí a Terra, que así me enteré que el musculoso de tierra se llamaba, que abriera las puertas del terreno para que todos vieran la maravilla de su interior.

Así lo hizo y todo el pueblo, un poco asustado, entró y vio todo aquel paraíso de flores, plantas, árboles y animales que existía donde antes solo había muerte.

Habían caído en su gran error y, humillados, pidieron perdón a los dos hombres “especiales” que habían recuperado la salud de la zona.

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